Domingo XX del tiempo ordinario

Cicle: 
B
Temps: 
Durant l'any
Domingo, 19 Agosto 2018
P. Jaume Sidera Plana, cmf

Cada comunión es una semilla de resurrección

1.- ¡Lo que llegamos a hacer para lograr una sabiduría que nunca acabamos de encontrar: oficio de vivir, meditación, zen, yoga, viajes, peregrinaciones, gurus, cursos, cursillos, encuentros, ejercicios de esto y de aquello! Cuanto más lejos y más extraños mejor. En cambio no nos fiamos de la invitación de la Sabiduría que hoy nos pone delante una mesa espléndida: «Venid a comer mi pan y a beber mis vinos. Y avanzaréis por el camino del conocimiento».

2.- Jesús, la Sabiduría encarnada, también nos ha preparado la mesa: su cuerpo y su sangre. Su misma persona. El lenguaje resultaba algo duro para los contemporáneos de Jesús. Cuando el evangelita lo transcribía, imperaba una fuerte tendencia a negar la humanidad de Jesús: el docetismo. Consideraban que era una apariencia. Que el Verbo fuera Dios, bien, pase. Pero que el Verbo se hubiera hecho hombre, se hubiera hecho carne era absurdo. ¿Cómo el Verbo se podía encerrar en la cárcel de materia impura, indigna de Dios y del hombre?

3.- Para nosotros, hechos a la misa, nos resulta claro y sencillo. Ya sabemos de qué va. Nadie se escandaliza cuando ve que la madre se come el hijo a besos. Jesús, con la resurrección, ha roto las barreras del tiempo y del espacio. Por esto nada le impide comunicarse personalmente con todos y cada uno de nosotros haciéndose visible y palpable en el pan y el vino de la eucaristía.

4.- ¿Qué nos garantiza la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo? Participar ya desde ahora en la vida eterna –siempre actual– de Dios. Unidos a Jesús participamos de su vitalidad. Con él, lo podemos todo.

5.- Cada comunión es una semilla de resurrección. Nos garantiza la vida plena que celebrábamos en la Asunción de la Virgen. Nuestra humanidad será transformada a imagen de Cristo Resucitado. La salvación abraza toda la persona, no una parte solamente.

6.- Inmanencia mutua, comunicación de vida y de sentimientos: Quien come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Yo estoy en Jesús y Jesús en mí. San Antonio M. Claret tenía una conciencia tan viva de esta realidad que sentía la presencia sacramental de Jesús en él de una comunión a la otra. Se sentía custodia, sagrario de Jesús, sacramento de Jesús.

7.- Y esta comunión nos impele a la misión. Como el Padre ha enviado a Jesús al mundo, Jesús nos envía a nosotros a continuar su obra. Si vivimos en Él como el sarmiento unido a la vid, como miembros vivos de su Cuerpo, nos convertimos en sacramento de Jesús, signos visibles de su Presencia invisible. Jesús en nosotros pasa haciendo el bien y venciendo el mal como cuando se movía por Palestina. Nuestra misión de cristianos viene a ser como una procesión de Corpus que acerca la presencia de Jesús por dondequiera nos movemos.

8.- Para vivir poseídos de Jesús dejémonos llenar del Espíritu Santo. San Pablo ya decía: Nuestra época es francamente difícil. Por eso nos conviene averiguar qué quiere Dios de vosotros. Nos orienta a convertir en oportunidad lo que nos parece un callejón sin salida. Como Jesús, llegamos a la luz atravesando la oscuridad de la cruz. Per crucem ad lucem.

9.- El año 304, un grupo de cuarenta y nueve cristianos de Abitena, ciudad de Túnez, fueron sorprendidos mientras celebraban la Eucaristía. Preguntados por qué se reunían el domingo, Emérito respondió: Sine dominico non possumus. No podemos vivir sin celebrar el día del Señor, la Eucaristía. Celebrémosla cantando y dando gracias a Dios por todo. Esto es precisamente la Eucaristía. Cantar como expresión de la alegría contagiosa, fruto del Espíritu. Gozamos de la presencia de Jesús, nos alimentamos de Él y somos enviados por él a una gran misión.

Tipus recurs pastoral: