Domingo XXXII del tiempo ordinario

Cicle: 
B
Temps: 
Durant l'any
Domingo, 11 Noviembre 2018
P. Josep Vilarrubias Codina, cmf

Necesitamos dar los frutos que el Reino de Dios propone

Marcos con la curación del ciego Bartimeo a la salida de Jericó nos puso en el camino de la larga subida a Jerusalén. Jesús no quiere entrar en la ciudad de forma discreta para evitar nuevos problemas con las autoridades religiosas. En él se cumplirá la profecía de Zacarías anunciando al pueblo que su rey entraría en la Ciudad Santa montado en un pollino (Zacarías 9,9). Jesús quiso entrar en Jerusalén de forma sencilla pero significativa y a la vista de todos. Él sabe que se la juega, pero escoge cumplir su misión con todas las consecuencias.

El evangelio de hoy ya nos sitúa a Jesús en plena actividad en Jerusalén. Ha comenzado por dos gestos significativos y contundentes: la maldición de la higuera que no da fruto y la expulsión de los mercaderes del Templo. Necesitamos dar los frutos que el Reino de Dios propone y no podemos hacer trampa con la religiosidad convirtiéndola en juego de negocios a favor nuestro.

Dos momentos:

- El Maestro pone en guardia a la gente sobre la hipocresía de muchos maestros de la ley: actúan por vanidad en búsqueda de los honores, con hipocresía fingen la santidad, con egoísmo se aprovechan de su posición para oprimir a los pobres...

- Ve como una viuda pobre deja dos monedas pequeñas para el culto del Templo, y hace notar a los discípulos que ella ha dado todo lo poquito que tenía y que así ella ha dado más que los ricos que con sus aportaciones mantienen ostentosamente el culto.

La lección es clara: Tal como leemos en el primer libro de Samuel 16,17: "La mirada de Dios no es como la de los hombres. Los hombres miran las apariencias pero Dios mira el corazón".

Si juzgamos superficialmente por las apariencias engañosas, estas van haciendo nido en nuestro interior, en nuestra mentalidad, nuestras valoraciones se van envenenando. Juzgamos a oscuras. En nuestra oscuridad necesitamos hacer luz con la lámpara encendida del Evangelio.

Al comentar este textos el Fr. Aquello, prior de Taizé, nos dice que Jesús viene a liberarnos de múltiples cárceles interiores:

- Nos libera del mundo de las apariencias, también en las prácticas religiosas...

- Nos libera de la obsesión por la eficacia objetiva de nuestras acciones...

- Nos libera de la tendencia a complicar nuestras relaciones con Dios, con amontonamientos de prácticas que no nos acaban de dejar tranquilos...

Y explica que el valor verdadero de nuestros comportamientos está en el amor. Un amor sencillo y confiado, un amor que nos limpia la mirada interior, que pone paz y nos hace vivir con la sencillez del niño en el regazo de la madre.

Las lecturas bíblicas son siempre un espejo para ver si nuestra vida está de acuerdo con la mentalidad de Dios y nos pone a interpelar acerca de nuestras opiniones, nuestras intenciones, nuestros comportamientos.

Así las dos mujeres de la primera lectura y del evangelio nos interrogan:

- ¿Sabemos hacer el bien no para atraer la atención y las alabanzas de la gente?

- ¿Tenemos el corazón puesto en los muchos o pocos bienes materiales que poseemos?

- ¿Damos de vez en cuando, no de lo que nos sobra, sino de lo que nos podría ir bien para nosotros mismos?

A menudo tomamos parte en el Sacrificio Eucarístico. ¿Lo hacemos nuestro? ¿Tenemos en cuenta que Jesús por amor se desprendió incluso de la propia vida, en solidaridad con los más pobres, con los más marginados de la sociedad, con los perseguidos por fidelidad a la justicia y la paz?

El amor de Cristo nos empuja, decía San Pablo. Y lo hizo suyo el Padre Claret como emblema episcopal: "caritas Christi urget nos".

Tipus recurs pastoral: