Domingo XXII del tiempo ordinario

Ciclo y fecha
Cicle: 
C
Temps: 
Tiempo ordinario
Data : 
Domingo, 1 Septiembre 2019
Gracias, Señor, por llamarnos a la fiesta de la Eternidad

Señor, gracias por invitarnos a tu banquete de bodas.
No somos dignos de participar,
porque no tenemos nada para ofrecerte.

Nuestro orgullo se rebela
ante la gratuidad de tu Misericordia.
Nuestra soberbia se reíste a recibir
sin dar nada a cambio.

Nos gustaría haber hecho algo
para ganarnos el derecho a asistir a tu fiesta.
Quisiéramos ofrecerte alguna compensación
por lo que hemos recibido.
Sin embargo, ¿qué podríamos hacer para merecer tu Amor?

Gracias por denunciar la hipocresía que llevamos dentro,
por sacarnos de encima el peso de nuestros méritos
que nunca son suficientes para complacernos.
En cambio. Tú te sientes atraído por nuestra pobreza,
no tenemos que esconderla.

La debilidad es la tierra fértil
donde puede crecer la semilla de tu salvación.
La humildad es fuente de sabiduría,
el espejo donde se refleja tu poder.

Gracias por enseñarnos el camino de la resurrección,
por llamarnos a la fiesta de la Eternidad.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Sensible al sufrimiento que existe en el mundo

Te doy gracias, Señor Jesús, porque
has elegido el lugar de los pobres
y te has puesto al alcance de todos.

Así nos has enseñado el camino de la felicidad
y nos has dicho en qué consisten la grandeza
y la dignidad de cada ser humano.

Te pido, Señor Jesús,
que jamás desprecie a quienes
tienen menos recursos que yo,
o que hablan otra lengua,
o pertenecen a una religión diferente,
sino que aprenda a valorar y amar
a cada ser humano por ser hermano tuyo y mío
e hijo del mismo Padre celestial.

Toca el corazón, Señor Jesús, de quienes
se aprovechan de su poder o posición
para aumentar su privilegios
mientras a tantos hermanos nuestros les falta
lo necesario para vivir con dignidad.

Que tu palabra y tu vida
no dejen que me acostumbre al mal
ni permitan que me vuelva insensible
al sufrimiento que existe en el mundo,
sino que me hagan servidor de los demás,
preocupado por el bien de todos
y signo de tu amor.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Que demos ejemplo de coherencia

Señor,nos adviertes que el honor
y los primeros lugares
no nos corresponden
por nuestra observancia religiosa.
Para el cristiano el mayor honor
debe ser servir a los demás.
Ayúdanos a comprenderlo y practicarlo.

Que nuestra práctica cristiana, Señor,
no endurezca nuestro corazón.
Que no antepongamos las normas
a la dignidad y felicidad de los hermanos.

Señor, que los cristianos
sepamos comprometernos políticamente.
Que demos ejemplo de coherencia y entrega
a los ciudadanos.

Ayúdanos, Señor, a vivir con dignidad.
Que únicamente nos arrodillemos ante Ti
y a los pies del hermano necesitado
y que ni las alabanzas ni el menosprecio
nos aparten del camino del Evangelio.

Acompaña, Señor,
a cuantos vuelven de vacaciones.
Que conduzcan con prudencia
y retomen con alegría el trabajo o los estudios.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
«Humildad es andar en verdad»

Señor,
no es muy difícil darnos cuenta
de la sutileza y disimulo
con que nuestro orgullo pretende
hacernos ver superiores a los demás.

Nos cuesta aceptarnos como somos:
ni más de lo que somos y podemos
-olvidando nuestras limitaciones-
ni menos de lo que somos y podemos
-olvidando nuestras posibilidades-.

Concédenos el don de la humildad,
para que seamos capaces
de bajar de la nube de nuestro orgullo,
tener los pies en el suelo,
y encontrar nuestra verdad.

Señor, ábrenos los ojos y el corazón,
para que sepamos ser agradecidos
por cuanto hemos recibido
y por cuanto estamos recibiendo
de tu mano generosa
y también de nuestros hermanos.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Que nuestras comunidades sean un anticipo de tu Reino

Señor, tú has elegido el último lugar
y nadie puede arrebatártelo.
Déjame, pues, al menos ser el penúltimo.

Que mi competencia no sea
para superar o pisotear a los demás,
sino para adelantarme a amar y a servir
a los más pequeños y a los más necesitados.

Que entre nosotros, cristianos,
nadie se sienta incómodo
por no ser bastante digno, bastante honorable,
inteligente o rico.

Que nuestras eucaristías
no sean el banquete de los elegidos,
sino la mesa de los amigos de Jesús:
los pobres, los enfermos, los niños,
los impuros, los pecadores.

Que nuestras comunidades
no sean una sacralización del orden establecido
(si es que se puede llamar orden)
sino un anticipo de tu Reino,
donde los últimos pasaran a primeros
y los primeros a últimos.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret