Domingo VI de Pascua

Cicle: 
C
Temps: 
Pasqua
Domingo, 22 Mayo 2022
P. Jaume Sidera Plana, cmf

El lugar del encuentro permanente entre Dios y nosotros es Cristo Resucitado

1. En este domingo, como en el domingo anterior, el Apocalipsis nos presenta a la Iglesia en su origen: ideada y realizada por Dios. Una imagen ideal. Cuando la comparamos con la realidad de nuestras pequeñas comunidades, nos vienen ganas de reír como Sara, la esposa de Abrahán cuando le prometían un hijo a su edad tan avanzada. ¡Imposible! Pero, ¿hay algo imposible para Dios? ¿Y por qué no aprendemos a mirarnos a nosotros y a la Iglesia con los ojos de Dios y a amarnos con el corazón de Dios?

2. El Apocalipsis nos invita a un día de puertas abiertas. Sí, de todas las puertas abiertas de par en par a los cuatro puntos del horizonte. 12 en total. Representan el Israel de todos los tiempos. La muralla de la ciudad descansa sobre 12 piedras, cada una con el nombre de un apóstol del Cordero. El pueblo de Dios en conjunto.

3. ¿Y dónde está en esta ciudad la iglesia, o la catedral o el oratorio? ¿Es posible? En ningún lugar. No hay ninguno. Toda la ciudad es un templo. ¡En Dios vivimos, nos movemos y somos! El lugar del encuentro permanente entre Dios y nosotros es Cristo Resucitado. No hace falta la luz del sol ni la de la luna: la presencia gloriosa y amorosa del Padre y del Cordero –Jesucristo Resucitado– lo llenan todo.

4. La Iglesia, en sus inicios, tenía miedo y cerraba bien las puertas por miedo a que se infiltraran lobos con piel de cordero. Hacía una selección severa e imponía a todo el mundo unas normas muy estrictas. Para ser cristiano de pleno derecho hacía falta primero ser israelita con todos la de la ley. Olvidaban que Dios hubiera ofrecido en Jesús la salvación a todo el mundo con la única condición de adherirse por la fe. Sin más condiciones.

5. Esto planteó un problema muy grave. Tanto que, para aclararlo, se organizó un concilio, el primer concilio en Jerusalén. El tema se lo valía. Hubo discusiones muy animadas. Pedro tuvo que explicar por qué había entrado en casa de paganos y compartía la mesa con ellos: no me podía negar. Dios les dio el Espíritu Santo igual que a nosotros, sin hacer ninguna diferencia entre nosotros y ellos, como a nosotros, les ha purificado el corazón por la fe. Es más, ¿cómo nos atrevemos a dar lecciones a Dios, cargando a los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos sido capaces de soportar? Nosotros creemos que tanto ellos como nosotros –¡exactamente igual!– somos salvados por el don gratuito del Señor Jesús.

6. Por su parte, Pablo y Bernabé remachaban las razones de Pedro, explicando las maravillas que Dios había obrado por medio de ellos entre los creyentes de origen no judío. Finalmente, el más conservador del grupo eclesial Santiago, el hermano del Señor, comprendió las razones de Pedro, Bernabé y Pablo: Jesús salva a todo el mundo y los iguala a todos sin barreras de ley y de costumbres, de raza y de lengua, de religión o de partido de derechas o izquierdas o del medio. Dios en Jesús nos reconoce a todos como hijos suyos muy amados.

7. Los principios eran claros. La libertad de los hijos de Dios, una libertad limitada solo por la caridad muy viva, el amor y el respeto mutuo. Y con la libertad, un respeto sincero con los cristianos de origen judío que todavía vivían muy arraigados en la Ley de Moisés. No imponer a nadie más cargas que las indispensables para una convivencia fraternal. Y en cualquier situación ¡Amaos! Este es el mandamiento de Jesús. Esto es todo.

8. A la larga este principio se concentró en una fórmula atribuida a san Agustín: In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas. Así. Con la contundencia del latín. En las cosas esenciales, unidad. En las cosas discutibles, libertad. Y en todas partes, siempre y en todo la caridad, el amor, la comprensión, la ternura, la flexibilidad...

9. Una comunidad así es el santuario donde habita Dios. Es el reflejo del ideal del Apocalipsis. Esta es la novedad del evangelio de hoy: vosotros, tú y tú y tú, sois el santuario donde residen el Padre, el Hijo y Espíritu Santo. El corazón de cada cristiano es templo de Dios. Si uno me ama será fiel a mi palabra. El Padre lo amará y pondremos en él nuestra morada. En medio del desierto y del éxodo de nuestra historia, Dios habita verdaderamente en cada creyente. La iglesia no es un lugar: la iglesia somos nosotros. Nuestra familia, nuestra comunidad cristiana.

10. Para que lo entendiéramos mejor, el Padre nos ha enviado su Espíritu, el Paráclito, que nos recuerda y actualiza la enseñanza de Jesús. Es el gran regalo de Jesús. Paráclito es una palabra griega que significa un personaje “llamado junto” a nosotros para enseñarnos, consolarnos, defendernos. Para orar en nosotros inspirándonos el Padre nuestro. Jesús, antes de irse visiblemente de nosotros, nos ha dejado su paz y una presencia nueva. Donde hay dos o tres, allí estoy yo. Yo estoy con vosotros, día tras día, hasta que el mundo no llegue a su culminación.

11. Seguro que no han oído nunca el nombre de san Leónidas, martirizado hacia el año 202. Su hijo se llamaba Orígenes y con el tiempo fue uno de los sabios más influyentes de la Iglesia de todos los tiempos. Pues bien, su padre a la hora de acostarlo, se inclinaba para dar un beso en el corazón del hijito reconociendo y adorando la Trinidad presente y operando en él. Qué cristiano ¿verdad? Había aprendido y asimilado la palabra de Jesús. Dios que no cabe en todo el universo viene a morar en el corazón de cada creyente. Hasta en el corazón de un recién bautizado.

Tipus recurs pastoral: