Ascensión del Señor

Cicle: 
C
Temps: 
Pasqua
Domingo, 29 Mayo 2022
P. Jaume Sidera Plana, cmf

La Ascensión no es el día de la ausencia de Jesús sino el de su presencia universal

1. No nos cansemos de leer las lecturas que acabamos de oír. Eso sí, con ojos de niño. O si prefieren, con la sabiduría del corazón. Son bonitas, sencillas y visualmente expresivas.

2. Oremos como Pablo. Como él pidamos al Padre Dios que ilumine la mirada interior de nuestro corazón para que comprendamos lo que supone para nosotros la Ascensión. San Pablo afirma repetidamente que el Padre nos ha resucitado con Cristo y nos ha hecho sentar con Él en el cielo (Ef 2,6).

 3. Los antiguos concebían la tierra como una plataforma que tiene debajo el Sheol, la mansión de los muertos. Y encima diversas capas de cielo, tres o cuatro, según se mire. Cuando decimos en el Credo que Cristo descendió a los infiernos, resucitó de entre los muertos, subió al cielo, o está sentado a la derecha del Padre, suponemos esta comprensión del mundo. Jesús ha experimentado de verdad la muerte –ha bajado al hades– y, resucitando es proclamado Amo y Señor del universo. Encarnándose, viviendo y muriendo Jesús ha hecho el “recorrido” que él mismo resumió así: “He salido del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y me vuelvo al Padre”. Explica su vida como un largo, y a menudo penoso, viaje de Dios a Dios. Y entre medio pasó por el mundo haciendo el bien.

4. Jesús, el Señor, después de hablarles, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Antes de irse, les propuso a los discípulos una hoja de ruta: Esperad la venida del Espíritu Santo sobre vosotros... Después sed mis testigos en Jerusalén, en todo el país de los judíos, en Samaria y hasta los límites más lejanos de la tierra. Sin límites de ningún tipo. Avanzarían en círculos concéntricos: Empezando por el ámbito personal, familiar, parroquial, del obispado, de la iglesia universal. Somos como una piedra tirada con traza en un estanque: tan poca cosa y qué olas tan suaves y sucesivas mueve.

5. La Ascensión no es el día de la ausencia de Jesús sino el de su presencia universal. Mientras Jesús andaba por tierras de Galilea, Samaría y Judea, estaba encapsulado en el tiempo y en el espacio. Solo podía vivir el momento presente y no podía estar a la en vez en otro lugar. Con la Resurrección y Ascensión, Jesús rompe las barreras del espacio y del tiempo y así puede estar presente en todo tiempo y en todo espacio. Quien ha llegado a la cumbre, comprende de un vistazo todo el panorama.

6. Una presencia invisible, pero real. Los sacramentos especialmente el de la Eucaristía, son signos visibles de esta presencia activa del Señor. También su Palabra, también la Comunidad cristiana, también los más pequeños y los más indefensos... San León Magno decía a los cristianos de Roma: La humanidad visible del Redentor ha pasado a los sacramentos y a ella accedemos por la fe iluminada por el Espíritu Santo y por la Palabra que instruye el corazón de los fieles, iluminados por la luz celestial.

7. El Señor colabora con nosotros cuando hacemos, disfrutamos o sufrimos algo por Él y lo confirma con auténticos milagros. Y el gran milagro, la gran maravilla, son tantos cristianos y cristianas que participan en esta Eucaristía, u otras, que gastan jubilosamente el tiempo y la vida en favor de los demás. Sin cansarse nunca. Porque saben que Jesús, que hoy vemos yéndose al cielo, se hace presente en cada hermano, necesitado o no.

8. No nos quedemos mirando a Jesús yéndose al cielo. Lo encontraremos mirando a nuestro alrededor. Con el amor mutuo y sin fronteras, podemos romper definitivamente las barreras que todavía separan los pueblos. Impulsados por el Espíritu Santo nos unimos a Jesús con el Padre nuestro, que podemos calificar del sacramento de cada día.

Tipus recurs pastoral: