Domingo IV del tiempo ordinario

Ciclo y fecha
Cicle: 
C
Temps: 
Tiempo ordinario
Data : 
Domingo, 3 Febrero 2019
Señor, no te canses de hablarnos

Señor, gracias porque no has dejado
de enviarnos a tus profetas.

Perdón porque nos gustaría
que nos hablaras directamente,
nos gustaría ser de nuevo
los protagonistas de la historia,
pero tú, como buen pedagogo,
nos vas dando pistas
para que aprendamos a encontrarte,
a descubrirte escondido
en los acontecimientos.

Perdónanos por no saber acoger
a aquellos que tú nos envías
para interpelarnos,
para desinstalarnos de nuestras comodidades,
de nuestras rutinas.

Perdónanos por tener el corazón endurecido
y no saber escuchar sus palabras,
y tampoco su ejemplo o su desazón.

Y si no sabemos encontrarte
en quien está junto a nosotros,
¡cómo podemos aspirar a verte
más allá de nuestro mundo,
o más  adentro en nuestro corazón!

Señor, no te canses de hablarnos,
aunque no estemos atentos,
aunque no te hagamos caso.
Haz que tu Palabra encuentre en nosotros
tierra fértil y pueda germinar.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Me amas, me conoces y piensas en mí

Te alabo y te agradezco, Padre,
porque me amas, me conoces y piensas en mí
desde antes de mi nacimiento.

A veces me da miedo
pensar en la misión que me has confiado:
me invitas a ser testigo
de tu amor, de tu bondad y misericordia
ante mis hermanos
como hizo Jeremías
y especialmente tu Hijo Jesús.

Hazme crecer, Padre, en la confianza
para contigo y tu amor incondicional,
para que no me deje abatir
por las dificultades de cada día.

Derrama sin cesar en mi corazón
tu amor que jamás pasará
y que hace crecer en la paciencia, la confianza,
la esperanza y la capacidad de aguantar…

Concede a la Iglesia y a cada persona humana
crecer en aquello que es propio de ti:
la alegría de convivir y de entregarse,
la capacidad de valorar y de relacionarse con los demás,
de perdonar y de buscar la reconciliación y la paz.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Señor, pensaste una misión para mí

Señor, me escogiste mucho antes de nacer
y pensaste una misión para mí.
Que sea valiente para llevarla a cabo,
sabiendo que caminas a mi lado
en todo momento.

Señor, hazme paciente
ante las debilidades de los demás.
Que sea amble en el trato y que no actúe
empujado por los celos o la envidia.
Que no justifique mi mal genio y mis enfados.
Que sepa decir la palabra justa
cuando se ataca a un hermano
y que sepa mantener la palabra dada.

Señor, enséñanos a valorar
a las personas que tenemos a nuestro lado.
Que confiemos en ellas
y no busquemos fuera lo que tenemos dentro.

Señor, que ante los que piensan diferente
no nos cerremos en banda.
Que escuchemos e intentemos buscar
la parte de verdad que hay en cada persona.

Que en nuestros grupos y comunidades, Señor,
todos tengan un espacio y sepamos valorar la
riqueza de la diversidad.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Tú cuentas con los tuyos

Con razón dijiste, Señor,
que todo lo que estabas haciendo,
no era más que dar cumplimiento
a la palabra del profeta. 

A lo largo de toda la vida
solo hiciste la voluntad del Padre.
Por esto, clavado en cruz,
dijiste en verdad: «Todo se ha cumplido». 

Y, todavía hoy, se está cumpliendo
tu misión… ¡que es también la nuestra!
Se cumple en las personas y en las vidas
de quienes hoy «forman Cuerpo» contigo. 

Gracias por todos estos hombres y mujeres
que son para los marginados de hoy
«tu corazón y tus ojos,
tus manos y tus pies». 

Gracias por invitarme también a mí
a «formar Cuerpo» contigo.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Lo único que realmente cuenta es aprender a amar

Gracias, Señor, por todas las personas
que me quieren y que me han querido
a lo largo de la vida.
Ellos me han configurado, me han hecho ser
tal como soy, puesto que nadie existe
si no es amado.

Incluso si les ha faltado acierto,
su amor proviene de ti.
¿Y quién soy yo para juzgarlos?

A veces me enorgullezco
de mis cualidades, pensando que son ellas
las que me hacen único e irrepetible.
Pero sé que todas ellas son contingentes,
que pueden desvanecerse
por enfermedad o decrepitud,
y que lo único que realmente cuenta
es aprender a amar, como pueda,
de una u otra manera.

Señor, tú que te esforzaste tanto tiempo
en Nazaret para ser tenido
por un hombre corriente,
enséñame a amar lo que hay de corriente
en todas las personas,
y a no querer ser amado por nada más
que por mi humanidad común.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret